Mié. Ago 4th, 2021

La activista adolescente Marta Borrell indaga en este documental en los principales problemas del sistema educativo africano y su relación con la inmigración

En África, un 51% de las mujeres jamás ha ido al colegio. No saben leer ni escribir. En países como Somalia, esa cifra se eleva hasta el 95%. En Níger, 8,7 millones de niños y niñas ni siquiera han cursado educación primaria. A los 15 años, la mayor parte de las mujeres contraen matrimonio. A los 17, muchas ya son madres. Estas son algunas de las cifras a las que apunta ‘Un poco de luz en la oscuridad’ para explicar la importancia de una mayor inversión en educación en el continente con el índice de desarrollo humano más bajo. Este documental, que indaga en las principales desventajas y trabas del sistema educativo en África, tiene como protagonista a Marta Borrell, la adolescente activista sevillana a la que los medios comparan con Greta Thunberg y quien ha abanderado la lucha por la escolarización universal y de calidad. El pasado febrero, Borrell habló frente a la Asamblea de las Naciones Unidas en Nueva York. 

Con ayuda de sus padres —José María Borrell aparece como director de la película y Marta como ‘conductora’—, la joven activista ha grabado esta película que ahora llega a las salas de cine y en la que se entrevista con profesores, cooperantes y altos funcionarios como el expresidente de la Unesco Federico Mayor Zaragoza. ‘Un poco de luz en la oscuridad’ es un documental didáctico y académico cuya particularidad reside en el punto de vista de la adolescente protagonista, que viaja a Mozambique, antigua colonia portuguesa —se independizó en 1975— y uno de los Estados más pobres del mundo, donde visita escuelas rurales y se entrevista con educadores y alumnos. Este documental, sencillo en su ejecución, no logra profundizar demasiado en la problemática que plantea, pero sí pone el foco en una cuestión poco mediática y fundamental para entender las causas de los flujos migratorios y la falta de desarrollo económico, social y político. Aunque, también hay que decirlo, es difícil abstraerse del protagonismo de Borrell. 

En el mundo, hay 252 millones de niños sin escolarizar. Unos planes de estudios alejados de las necesidades de las comunidades rurales, el trabajo infantil y la extrema pobreza son solo algunos de los factores que intervienen en los bajos índices de escolarización y alfabetización de las comunidades en vías de desarrollo, lo que dificulta que muchos países salgan de esa relación de sumisión y dependencia con las economías occidentales. En la primera etapa de su viaje, Borrell aterriza en Maputo, capital mozambiqueña, para visitar la sede de la Unesco, donde le explican que, después de tres años de escolarización, tan solo un 4,6% de los alumnos puede leer y escribir en portugués. 

Junto a su amiga Berta Gutiérrez, residente en Namibia, Borrell acude a las clases de una pequeña escuela rural en el archipiélago de Quirimbas. Las españolas se encuentran con cursos en los que alumnos de diferentes edades se mezclan sin demasiado orden ni concierto, aulas paupérrimas sin apenas medios ni condiciones y un profesorado que, según ellas, no sabe enseñar —o utiliza técnicas anticuadas y poco efectivas—. Los escolares abandonan los estudios, desalentados por la dificultad de aplicar sus conocimientos en su día a día. Nada demasiado diferente a la España rural de principios del siglo pasado, un ejemplo de cómo repercute la educación en la economía de un país. 

Borrell pone el acento en la falta de educación relacionada con la higiene, la nutrición o la educación sexual, materias que favorecerían un efecto más directo en su cotidianidad. Las dos adolescentes, además, conocen los testimonios de algunas alumnas de su edad, que ya son madres y que han sufrido abusos sexuales, algo habitual en los colegios de las zonas más desfavorecidas, donde la mujer sufre una doble victimización: además de la miseria y los obstáculos, tienen que enfrentarse a embarazos adolescentes y al ostracismo cuando los profesores abusan de ellas. Algunos profesores obligan a sus alumnas a acostarse con ellos si quieren pasar de curso. Porque, además, el profesorado es un gremio muy masculinizado, lo que provoca una perpetuación de esas desigualdades: la pescadilla que se muerde la cola. 

‘Una luz en la oscuridad’ también señala la dificultad de educar sin imposiciones culturales ni paternalismos. Mayor Zaragoza opina que los programas educativos deberían recaer en el profesorado local y no elaborarse en despachos situados a miles de kilómetros y sin contacto con las necesidades específicas de los países en vías de desarrollo: «Ya está bien que los europeos, que no les acogemos como refugiados, que no les ayudamos, que consentimos que haya inmigrantes, pretendamos además decirles cómo tienen que educarse los africanos».

Luis Álvarez, economista y presidente de la Fundación Ibo, propone «desarrollar las capacidades de las comunidades para que sean dueñas de su propio destino». «Hay que incentivar que la gente no dependa de la limosna», apunta. Muchos de los activistas que aparecen en el documental inciden en las dificultades que plantean los gobiernos locales y en la corrupción generalizada que hace que los donativos procedentes de los países europeos no lleguen íntegramente a los colegios. 

La reflexión más interesante es la que conecta la falta de educación —y, por tanto, de perspectivas vitales— y los flujos migratorios. «El dinero que está invirtiendo Europa en educación en África está trucado, no está solucionando el problema, está aplacando el indicador social, disfrazando el problema a largo plazo, que es el taponamiento de los flujos migratorios». Porque la realidad es que si no se solucionan las causas, no podrán evitarse las consecuencias. Una inversión real en educación es la única posibilidad de arreglar el problema de la presión demográfica, de la huida de los países en vías de desarrollo hacia Europa. Porque “la educación es la única solución a la pobreza”.

FUENTE: EL CONFIDENCIAL –   Marta Medina 22/01/2021

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