Mié. Ago 4th, 2021

Por:  11 de julio de 2013. El País

Post número 2 de la serie El mejor profesor de mi vida, escrita por los lectores del blog como homenaje a la profesión docente.

Autora invitada: OLIVIA ALONSO (Madrid)   

Hace un par de años falleció Josefina Aldecoa, feminista, escritora y educadora. Del modelo educativo que propone no sé gran cosa pero, sí conozco su faceta como escritora, he leído varias de sus novelas, entre ellas la Historia de una maestra que quizás sea su libro más conocido y, en mi opinión, el mejor. El libro lo descubrí revolviendo en una librería y me llamó la atención porque la historia se desarrolla en los años 30, en escuelas rurales de León y, en mi familia, hay cierta tradición de maestros. Algunos también ejercieron en aquella época y por aquellos pueblos de donde somos. Que yo sepa, ha habido tres maestros en mi familia. 

Una es mi tía, casada con otro maestro. Empezaron en León, en escuelas rurales, pero, cuando pudieron, se fueron a la ciudad a trabajar, y allí se jubilaron hace poco. 
Otro, era el tío Hilario, hermano de mi abuela, aunque lo de maestro le duró poco, porque hizo la guerra con los republicanos. Salió vivo, con algo de metralla en el cuerpo y sin posibilidad de volver a ejercer, como todos los maestros de ese bando. A pesar de todo, no le fue mal. Era un friki de la tecnología (de su época), en la guerra fue operador de radio, y su afición le llevó a los talleres de reparaciones de radios y relojes de la posguerra. Cuando yo lo conocí era dueño de una relojería-joyería.
Y la tercera, Teodora Alonso, la tía Teodora, hermana de mi abuelo. Esa es la historia de una maestra que me gustaría contaros.

Dicen que era muy habilidosa con las manos. Y debía serlo, porque sus bofetones eran míticos entre sus sobrinos, aunque las mujeres de la familia también alababan su maestría en el bordado. Hace muchos años que murió, octogenaria y ciega. No sé cómo consiguió ser maestra, ya que la familia de mi abuelo no tenía recursos, aunque sí se esforzaron en la educación de sus hijos, porque, por lo que cuentan, las cartas que escribía mi abuelo durante su mili en África eran la envidia de las mozas del pueblo. 
Teodora era la única de sus hermanos que tenía formación reglada, algo raro en una época en la que los recursos para formación, si había, sólo se destinaban a los hijos varones.
Teodora fue maestra rural y, como muchas maestras rurales, soltera. Durante gran parte de su vida, trabajó en un pueblo muy pequeño, a pocos kilómetros del mío. Hace unos 10 años, estando de vacaciones, fuimos a dar un paseo a ese pueblo. Acababan de abrir una casa rural (¿acaso no lo son todas allí?) y, por curiosear, nos pusimos a hablar con los dueños, hermano y hermana, de unos 50 años. Habían nacido allí, pero habían emigrado a la ciudad, como casi todo el mundo. Hablando, recordamos que alguien de nuestra familia había sido maestra allí, a lo que la mujer respondió con cara sorprendida ¿Sois familia de doña Teodora?
Aquella viejita ciega que recuerdo vagamente, objeto de los cotilleos y del cariño familiar, se convirtió en otra persona en boca de aquella mujer, que había sido alumna suya y que nos contó su propia historia y la de otras niñas del pueblo. Tenía doña Teodora la mano larga, como se llevaba en la época, pero la recordaban sobre todo porque repetía a menudo, contra viento y marea, aquella expresión de que “fulanita vale para estudiar”, intentando cambiar la vieja costumbre de invertir los escasos recursos solo en la educación de los hijos varones. 
Esta mujer aún recordaba las visitas de Teodora a su casa, para convencer a sus padres de que la enviaran a estudiar a otro pueblo y tramitando una pequeña beca que solo daba para animar a los padres a creer que su hija “valía para estudiar” ya que, en cantidad, era ínfima. 
Su hermano, por entonces, ya estudiaba bachiller pero, para eso, no hizo falta convencer a los padres. Esta mujer es enfermera, y otras mujeres del pueblo pudieron tener también una profesión, gracias al esfuerzo de sus familias… y gracias al empeño de Teodora, la tía Teodora, doña Teodora.
La historia me emocionó pero, también me apenó haber descubierto tan tarde que había una heroína en mi familia. Aquellas visitas de niña de la mano de mi madre, para ver a la tía, quizás podría haberlas aprovechado mejor, incluso podría haber intentado averiguar más cosas de ella a través de mis abuelos… al menos, aún estaba a tiempo de sonsacar más recuerdos a mi madre y a mis tíos sobre ella. 
Pero, la pena me duró poco, porque me di cuenta de que he conocido a Teodora, con otros nombres, con otras lenguas… la he visto en comunidades remotas de otros países, maestras en comunidades muy pobres, en su mayoría solteras, de las que también se cotillea en sus entornos, aunque se las trate con respeto. 
Una vez que eligen trabajar e ir a donde les dan plaza, se adaptan bien a su “nuevo mundo” pero solo en lo profesional, porque, en lo personal, hay mucha soledad (a no ser que se casen con otro maestro) y su trabajo termina siendo una forma de vida. Son las maestras rurales, a las que tanto debemos.
Nota sobre la serie El mejor profesor de mi vida
La idea de pedir la participación de los lectores para publicar esta serie surgió a finales de abril, cuando estaba retocando precisamente el post El mejor profesor de mi vida. La primera selección de testimonios de los lectores de este blog es muy emocionante. Comenzó a publicarse el pasado 4 de julio (con El milagro de Miss Phillips con la Historia) y continuará publicándose hasta primeros de septiembre.
Sería estupendo que siguieran llegando textos y fuéramos capaces de establecer un día fijo para publicar esos testimonios más adelante. Por eso animo a todos los lectores, y también a los jóvenes que aún están a diario en el aula, a enviarme sus textos.
Las normas son muy simples:
– Identificar al autor y al profesor con nombres y apellidos.
– Extensión: 500-1.000 palabras.
– Ubicación: ciudad actual del autor y ciudad en la que se produjo el encuentro con el profesor.
Espero nuevos testimonios. Creo que el reconocimiento a los grandes profesores es nuestra deuda moral como estudiantes y nos ennoblece como sociedad. Que falta nos hace.
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